Una vez recorrida la Ruta 40 desde San Fernando del Valle de Catamarca, se debe tomar un desvío. La elección puede ser precisa. Al concretar la elección, se emprende el viaje por la traza 43, un tramo escénico hacia el corazón de la Puna Catamarqueña, un itinerario que recorre las regiones más aisladas de la provincia hasta pasar por Belén y por último desembocar en Villa Vil, un tranquilo pueblito de montaña que guarda al pie de sus valles, castillos impenetrables y piletones de aguas espectaculares.
Termas del Río Jordán: el destino de aguas turquesas en el norte argentino que es ideal para visitar en esta épocaCatamarca es la provincia en la que el termalismo se ofrece en todo su esplendor. Aunque algunos complejos puedan tener la mayor parte del protagonismo, como es el caso de las Termas de Fiambalá, existen otros destinos que igualmente, custodiados por la montaña y la aridez del clima, ofrecen experiencias de bienestar únicas. Ese es el caso del complejo termal de Villa Vil, un lugar donde el disfrute está sujeto al ritmo de las cumbres y la belleza de la escena paisajística.
Las aguas que brotan de Villa Vil: un circuito de bienestar
El pueblo de Villa Vil disputa su encanto entre castillos de piedra y aguas que brotan de manera natural. Mientras que las imponentes estructuras forjadas por la naturaleza se encuentran al oeste de la localidad, el imán del bienestar se ubica apenas a tres kilómetros del casco urbano: el complejo termal de Villa Vil, una de las joyas mejor guardadas del norte argentino.
Inaugurado recientemente en la zona de Baños Grandes, a unos 2.200 metros sobre el nivel del mar, este oasis combina un entorno agreste y majestuoso con piletones al aire libre revestidos en piedra local. Allí, el silencio de la Puna es absoluto. Las aguas brotan de tres vertientes naturales a temperaturas que oscilan entre los 38°C y los 43°C, ideales no solo para un descanso reparador viendo el atardecer sobre las montañas, sino también por sus propiedades terapéuticas, que alivian afecciones respiratorias y musculares. El complejo ya cuenta con baños, duchas y un pequeño bar, proyectando una futura infraestructura con cabañas y asadores.
Los Castillos labrados entre el viento y el agua
Pero la experiencia en este rincón catamarqueño, cuyo nombre en vocablo cacán significa “Aguada de la Liebre”, está lejos de agotarse en las piletas. Hacia el oeste, el paisaje se transforma en un escenario fantástico dominado por el río Pedregal. Allí se erigen los majestuosos "Castillos", descomunales afloramientos rocosos sedimentarios modelados pacientemente por la erosión del viento y del agua. El resultado es un impacto visual único: un laberinto de conos, cárcavas, "tótems" de piedras en equilibrio y columnas que simulan el gigantesco órgano de una catedral milenaria.
Explorar estas geoformas requiere una caminata de poco más de siete kilómetros entre valles y llanuras áridas, un trekking que regala postales inigualables y que hoy en día, tomando los recaudos necesarios, ya puede realizarse de forma particular.
Incluso, en las cercanías de los castillos, la tierra sigue demostrando su pulso vivo mediante "los volcancitos", pequeños ojos de agua y arcilla burbujeante que coronan una travesía perfecta. Entre la mística de sus formaciones rocosas, la calidez de sus termas y la identidad de sus apenas 600 habitantes, Villa Vil es un desvío obligatorio y para quienes transitan la mítica Ruta 40.